Confesiones de un pescador

Estándar

Escucho las gaviotas que rodean al faro, observo a padres y niños disfrutar de sus bicicletas de paseo. Todo es tranquilo, todo es relajado. A las puertas del verano, esta localidad sigue manteniendo su nivel turístico un punto por debajo de localidades más al sur en Málaga, o más al norte en el Mar Menor o en Alicante.  Sigue siendo un pueblo pequeño lleno de casas de fin de semana de los propios murcianos, que se acercan a la bahía como punto de descanso de la semana bajo los plásticos de los invernaderos.

Hace un par de años, muchos de ellos también descansaban de las duras jornadas de la construcción. Hoy ya no. A pesar de lo cual, los grandes coches siguen viéndose. Quizás no les deba ir tan mal. Pero sólo a algunos:

Pez espada

En una charla frente a una cerveza, me confesaba un amigo pescador que decidió hace tres años hacerse su propio patrón, que la compra de los dos barcos había significado su muerte económica, problemas familiares e incluso psicológicos. Me confesaba que su facturación se limitaba a unos pobres 4000 euros que obviamente, no llegaban para pagar el crédito de la compra de estos barcos. Que no llegaba para pagar la hipoteca, los seguros, el colegio de sus dos niños y a los marineros, ya amigos, que le acompañan en el mar para capturar lo poco que queda.

Me confesaba tristemente que sigue a la espera de la concesión de licencia para capturar pez espada y que nunca llega.  Casi entre lágrimas, me dice que no sabe si es mejor así, porque ya no hay pez espada. Aunque lo poco que llega a puerto se paga bien, muy bien.

Ruborizado, me dice:  no tengo más remedio que salir a por pez espada de forma ilegal y venderlo en negro, porque si no, me quedaré sin casa, tendría que llevar los barcos al desguace porque nadie los va a comprar hoy, y Asuntos Sociales terminaría por quitarme a mis hijos. Y lo curioso –continúa- es que Capitanía lo sabe y no me dice nada, ni a mí ni a los otros. Es la única forma que tenemos de subsistir.

La conversación termina centrándose en el fomento que ahora se hace desde el Ministerio de las bondades del pescado congelado.   Me ilumina indicando que lo único que se está fomentando de esta forma es el crecimiento de las grandes navieras con capacidades industriales, en los mismos barcos, de ultra-congelar. Esa capacidad nunca la tendrá un pequeño pesquero. Estos sólo venden pescado fresco, recién capturado.

Me cuenta que cuando estuvo él pescando atún en estos grandes buques, tras dos o tres meses, daba pena ver las piezas de atún ya de un color marrón oscuro, comparándolas con las piezas aun de rojo intenso capturadas apenas diez horas antes.  Y termina por decirme que es imposible, que un pescado en esas condiciones sea igual al pescado freso.  Es una obviedad que se intenta negar con anuncios de fomento del consumo del pescado congelado. Es una obviedad que está matando al pequeño pescador, al de verdad, al de toda la vida, al que representa el 90% del factor humano de esta industria en España.

Captura de atún rojoY comparo mentalmente la situación de miles de familias como la de este amigo, con las de miles de familias que tendrán que dejar de capturar atún, porque las grandes pescaras multinacionales han comprado el derecho de defensa de gobiernos tuertos y de cortas miras, que tienen la desfachatez de negar la inclusión del atún rojo en el Apéndice I de CITES argumentando precisamente estas miles de familias, sus puestos de trabajo y su bienestar.

Negar la existencia de algo no va a hacer que desaparezca. Pasó con la crisis financiera y pasa con el riesgo de desaparición de especies, entre ellas las del atún rojo, decenas de especies de tiburones, de corales, etc.

Sólo queda, desde mi punto de vista, una opción:  que el consumidor sepa realmente qué es lo que pasa, quienes se favorecen de todas estas mentiras y que el propio consumidor premie o castigue a quien se merezca.

Yo, por mi parte, he tomado una decisión:  no consumiré más atún congelado ni ultracongelado ni envasado. Y de paso, pez espada.

Lo siento amigo mío. Siento haberte fallado formando parte de esa cadena.  Espero, frente al mar, disfrutando de una brisa fantástica, mirando la bahía y escribiendo estas líneas, que el futuro cercano nos enseñe a todos a consumir de forma responsable, a difundir verdades claras y transparentes, y a que las mentiras e intereses comerciales pesen como toneladas en las morales de aquellos que a sabiendas, nos mienten y defienden unos intereses muy poco comunes.

Un abrazo.